Cuando el entorno se convierte en recompensa
A veces pensamos en la recompensa como algo que llevamos en el bolsillo.
Dexter por ejemplo es de trocitos de salchichas de pollo o una pelota, que es su motivador favorito. Se utilizan como algo que ofrecemos después de una conducta para aumentar la probabilidad de que vuelva a aparecer.
Pero durante un paseo el perro está rodeado de cosas que pueden tener muchísimo más valor para él: acercarse a un árbol, seguir un olor, avanzar hacia un camino, jugar, explorar una zona nueva, saludar a alguien conocido o, sencillamente, alejarse de aquello que le incomoda.
El entorno está lleno de posibilidades, y muchas de ellas pueden convertirse en reforzadores naturales.
Comprender esto cambia bastante nuestra manera de enseñar, porque dejamos de competir constantemente contra aquello que interesa al perro y empezamos a utilizar parte de ese interés a favor del aprendizaje.
¿Qué es un reforzador natural?
Un reforzador es, en términos de aprendizaje, una consecuencia que aumenta la probabilidad de que una conducta vuelva a producirse.
No tiene por qué ser comida.
Tampoco tiene por qué ser algo que entreguemos nosotros físicamente.
Para un perro pueden actuar como reforzadores:
- acceder a un olor;
- continuar caminando;
- entrar en un parque;
- jugar;
- acercarse a otro perro;
- recibir interacción;
- correr;
- entrar en el coche;
- salir por una puerta;
- o aumentar la distancia respecto a algo que le preocupa.
Los llamamos reforzadores naturales cuando la recompensa forma parte de la propia situación y está relacionada con aquello que el perro quería conseguir.
Imaginemos un perro que tira porque quiere llegar hasta un árbol.
Podríamos utilizar comida para atraerlo hacia nosotros. Pero también podemos enseñarle que caminar unos metros con la correa relajada le permite acceder después a ese árbol.
La secuencia sería sencilla:
Correa relajada → avanzamos → puedes olfatear.
No hemos inventado la recompensa.
Estaba delante de nosotros desde el principio.
El perro nos muestra constantemente qué tiene valor
Hay una diferencia importante entre lo que nosotros creemos que debería resultar reforzante y aquello que realmente tiene valor para el perro.
Podemos salir a la calle con una bolsa llena de premios excelentes y descubrir que, en ese momento, ningún trozo de comida compite con el rastro que acaba de aparecer en una esquina.
Eso no significa que la comida haya dejado de funcionar.
Significa que el valor de los reforzadores cambia con el contexto.
Un mismo perro puede valorar muchísimo la comida dentro de casa y preferir explorar cuando está en la calle. Puede buscar juego por la mañana y descansar después de un paseo largo. Puede querer acercarse a un perro conocido y necesitar alejarse de otro que le genera inseguridad.
La motivación no es una propiedad fija.
Pertenece al individuo, al momento y al contexto.
Y por eso observar antes de intervenir sigue siendo tan importante.
El Principio de Premack
Esta forma de trabajar está estrechamente relacionada con el Principio de Premack, formulado por el psicólogo David Premack.
De manera sencilla, plantea que una conducta que tiene una alta probabilidad de aparecer puede utilizarse para reforzar otra que aparece con menor probabilidad.
O dicho de otra manera:
Lo que el perro quiere hacer puede ayudarnos a reforzar aquello que necesitamos enseñarle.
Un ejemplo cotidiano sería permitir el acceso a una zona interesante después de caminar unos metros de manera coordinada.
Otro:
Esperar brevemente → se abre la puerta.
O:
Volver hacia el tutor → continuar explorando.
La conducta más probable —salir, avanzar, olfatear— refuerza otra que inicialmente tiene menos valor para el perro.
Es una idea aparentemente sencilla, pero obliga a mirar el aprendizaje desde una perspectiva diferente.
No todo tiene que pasar por la comida
La comida es una herramienta extraordinaria.
Permite reforzar con precisión, repetir muchas veces y trabajar en situaciones en las que necesitamos controlar bien las consecuencias.
Pero convertirla en la única forma de comunicación puede limitar nuestro trabajo.
Hay perros que terminan mirando constantemente las manos. Otros realizan una conducta, reciben el premio y vuelven inmediatamente al estímulo que realmente les interesaba.
No necesariamente hay algo malo en ello.
Simplemente nos están mostrando que existe otra motivación en juego.
Cuando incorporamos los reforzadores naturales podemos construir un aprendizaje más conectado con la vida cotidiana.
La recompensa por caminar de manera coordinada puede ser avanzar.
La recompensa por volver cuando llamamos puede ser recuperar después cierta libertad para explorar.
La recompensa por esperar puede ser acceder a aquello que está detrás de la puerta.
La propia vida empieza a participar en el aprendizaje.
El paseo es especialmente rico en reforzadores naturales
Pocas situaciones nos ofrecen tantas oportunidades como un paseo.
Para nosotros una calle puede parecer prácticamente igual cada día.
Para un perro no.
Los olores cambian. Aparecen personas diferentes. Otros perros han pasado antes. Una corriente de aire trae información nueva. Hay superficies, rastros, movimientos y sonidos que nosotros apenas registramos.
Ese escenario puede convertirse en una enorme fuente de aprendizaje.
Pensemos en un perro que tira constantemente para llegar a los olores.
Si cada vez que tensa la correa termina alcanzándolos, el propio entorno puede estar reforzando el tirón.
No hace falta que nadie le entregue un premio.
La consecuencia ya existe:
Tiro → llego al olor.
Si cambiamos esa relación podemos enseñar otra estrategia:
Tensión → nos detenemos.
Correa relajada → avanzamos.
Llegamos → puedes explorar.
El olor continúa siendo importante.
La diferencia es el camino que el perro aprende para acceder a él.
No se trata de cobrar un peaje por todo
Aquí conviene introducir una precaución.
Podríamos caer fácilmente en una relación demasiado instrumental:
«Si quieres oler, mírame.»
«Si quieres salir, siéntate.»
«Si quieres jugar, túmbate.»
«Si quieres acercarte, haz esto.»
Y convertir cada necesidad del perro en una oportunidad para exigir algo a cambio.
No es esa la idea.
Un perro necesita poder explorar, jugar, descansar y relacionarse sin que cada pequeña decisión tenga que pasar previamente por nosotros.
Los reforzadores naturales son especialmente útiles cuando nos ayudan a enseñar habilidades relevantes para la convivencia, no cuando convierten al tutor en el guardián de todos los recursos.
A veces el perro puede simplemente detenerse y oler.
Y no pasa absolutamente nada.
La distancia también puede ser una recompensa
Uno de los aspectos más interesantes aparece cuando hablamos de perros que reaccionan ante determinados estímulos.
Imaginemos dos perros que ladran al ver a otro perro.
Desde fuera, la conducta puede parecer prácticamente idéntica.
Pero uno quiere acercarse y siente frustración porque la correa se lo impide.
El otro quiere alejarse porque está preocupado.
En el primer caso, acercarse puede tener un gran valor.
En el segundo, la distancia puede convertirse en el reforzador natural más importante.
Esto cambia completamente nuestra intervención.
Podemos enseñar al perro que, ante una situación difícil, orientarse hacia su persona o desplazarse con ella le ayuda a recuperar una distancia segura.
Por ejemplo:
Aparece el estímulo → me oriento hacia mi tutor → nos alejamos juntos.
La recompensa no es necesariamente comida.
Es recuperar espacio.
Seguridad.
Control sobre la situación.
Y eso puede tener un valor enorme.
Lo importante no es solo qué hace, sino para qué lo hace
Este punto conecta directamente con una de las ideas centrales de la modificación de conducta.
Dos comportamientos similares pueden cumplir funciones distintas.
Un perro puede tirar para acercarse.
Otro puede tirar para escapar.
Uno puede ladrar para conseguir interacción.
Otro puede hacerlo para aumentar distancia.
Si únicamente observamos la forma externa de la conducta, podemos elegir una consecuencia completamente equivocada.
Por eso antes de utilizar un reforzador natural debemos preguntarnos:
¿Qué parece estar intentando conseguir este perro?
O quizá todavía más importante:
¿Qué está intentando evitar?
La función de la conducta nos orienta hacia aquello que realmente puede tener valor para él.
El entorno también enseña cuando nosotros no estamos enseñando
Quizá esta sea una de las ideas más importantes.
El aprendizaje no ocurre solamente durante una sesión.
Sucede continuamente.
Cuando el perro tira y consigue avanzar, aprende.
Cuando ladra desde la ventana y la persona desaparece de su campo visual, puede aprender.
Cuando salta sobre alguien y recibe atención, aprende.
Cuando vuelve hacia nosotros y el paseo continúa, también aprende.
El entorno proporciona consecuencias constantemente.
Nuestro trabajo consiste, en parte, en aprender a reconocerlas.
Muchas conductas que parecen difíciles de modificar llevan meses o años siendo reforzadas por consecuencias que nadie había identificado como recompensas.
No porque hayamos hecho algo mal deliberadamente.
Simplemente porque la vida cotidiana también participa en el aprendizaje.
La recompensa no siempre cabe en un bolsillo
El Principio de Premack y los reforzadores naturales nos recuerdan algo aparentemente pequeño, pero muy útil:
el perro vive dentro del mismo entorno que estamos intentando utilizar para enseñarle.
No necesitamos competir siempre contra ese entorno.
Podemos incorporarlo.
Un paseo puede convertirse en algo más que un recorrido entre órdenes y premios.
Puede ser una conversación:
avanzamos, nos detenemos, exploramos, nos orientamos, esperamos, conseguimos distancia y volvemos a caminar.
El perro aprende cómo sus propias decisiones influyen sobre lo que ocurre después.
Y nosotros aprendemos algo quizá todavía más importante: a mirar aquello que realmente tiene valor para él.
Porque a veces la mejor recompensa no está en nuestra mano.
Está unos metros más adelante, junto a un árbol, escondida en un olor que nunca podremos percibir o sencillamente en la posibilidad de elegir otro camino.
