Hay momentos durante el paseo en los que creemos que somos nosotros quienes observamos al perro.
Miramos hacia dónde dirige la cabeza, si comienza a tensar la correa, si aparece otro perro al fondo de la calle o si algo ha llamado su atención.
Pero mientras hacemos todo eso, él también nos está observando.
Nuestra velocidad, una parada inesperada, la dirección del cuerpo, la forma de iniciar el movimiento o el momento en que decidimos permanecer quietos contienen información.
Quizá mucha más de la que imaginamos.
Un estudio publicado en PLOS ONE en 2024 aporta una perspectiva especialmente interesante sobre esta relación: los perros que conviven estrechamente con personas parecen ajustar parte de su comportamiento al movimiento de sus tutores.
No estamos hablando de telepatía, ni de que el perro copie exactamente nuestras acciones.
Estamos hablando de algo mucho más cotidiano.
De observarnos y utilizar nuestros movimientos como información.
Caminar o detenerse cambia lo que hace el perro
El experimento era sorprendentemente sencillo.
Durante las pruebas, la persona alternaba periodos de treinta segundos caminando con otros treinta segundos permaneciendo quieta.
Los investigadores observaron entonces qué hacía el perro.
Cuando la persona caminaba, los perros:
- se movían más;
- lo hacían con mayor frecuencia en la misma dirección que su tutor;
- aumentaban el contacto visual;
- y reducían el tiempo dedicado a explorar.
Cuando la persona se detenía, ocurría en parte lo contrario: aumentaba la exploración del entorno.
Es decir, el movimiento humano parecía modificar la distribución de la atención y la actividad del perro.
No porque alguien le hubiera dado una orden.
No había un «junto», un «vamos» o un premio delante de su nariz.
El simple comportamiento de la persona aportaba información suficiente para modificar lo que el perro hacía.
¿Es esto sincronización?
Los investigadores utilizan el término sincronización conductual interespecífica.
Conviene entender bien qué significa.
No implica que perro y humano estén experimentando necesariamente el mismo estado emocional ni que exista una sincronización fisiológica entre ambos.
El estudio no midió cortisol, frecuencia cardiaca, actividad cerebral ni estados emocionales compartidos.
Lo que midió fue conducta observable.
Y concretamente comprobó que determinados perros modificaban su movimiento, orientación, contacto visual y exploración dependiendo de si la persona caminaba o permanecía quieta.
Por eso quizá resulte más intuitivo decir que el perro ajusta su comportamiento a nuestros movimientos.
La palabra sincronización describe el fenómeno desde el punto de vista científico.
Pero en nuestra vida cotidiana podemos imaginarlo de una manera mucho más sencilla:
el perro está pendiente de lo que hacemos y utiliza esa información para decidir qué hacer después.
Nuestro cuerpo también forma parte del entorno
Cuando hablamos de educación canina prestamos mucha atención a las palabras.
«Ven.»
«Quieto.»
«Junto.»
«Vamos.»
Sin embargo, para el perro nuestra voz es solo una de las muchas fuentes de información disponibles.
Nuestro cuerpo está hablando continuamente.
Podemos decir «tranquilo» mientras avanzamos deprisa.
Podemos pedirle que no tire mientras nuestro propio movimiento mantiene tensión constante en la correa.
Podemos intentar que explore mientras caminamos sin detenernos ni ofrecerle tiempo para hacerlo.
Y también podemos producir el efecto contrario.
Una pequeña pausa puede abrir espacio para que el perro investigue.
Un movimiento tranquilo y predecible puede facilitar que vuelva a orientarse hacia nosotros.
Un cambio de dirección realizado con tiempo puede convertirse en información antes de que aparezca tensión en la correa.
No porque exista una técnica mágica detrás de cada paso.
Sino porque para el perro nosotros también somos parte del contexto que necesita interpretar.
La convivencia podría tener mucho que ver
El estudio realizó además una comparación especialmente sugerente.
Los investigadores estudiaron perros de compañía de diferentes grupos raciales y encontraron el ajuste al movimiento humano de manera bastante consistente.
Sin embargo, cuando realizaron una prueba similar con pequeños grupos de lobos socializados y perros que vivían en manada, estos animales no modificaron claramente su movimiento en función de lo que hacía su cuidador humano.
Es un resultado interesante porque invita a pensar que esta capacidad no depende únicamente de pertenecer a la especie Canis familiaris.
La convivencia cotidiana con las personas podría tener un papel importante.
Vivir juntos significa miles de pequeñas interacciones.
Abrimos puertas.
Nos levantamos del sofá.
Cogemos la correa.
Cambiamos de dirección.
Nos detenemos ante un semáforo.
Entramos en casa.
Salimos.
Después de años compartiendo estos pequeños acontecimientos, no parece extraño que el perro aprenda que nuestros movimientos contienen información sobre lo que probablemente sucederá a continuación.
El paseo como conversación corporal
Esto tiene una aplicación especialmente bonita durante el paseo.
A menudo pensamos en la correa como el principal canal físico entre persona y perro.
Pero antes de que exista tensión en ella ya han ocurrido muchas cosas.
El perro ha cambiado su velocidad.
Nosotros hemos seguido caminando.
Ha girado hacia un olor.
Nuestro cuerpo ha continuado hacia delante.
Ha detectado algo.
Quizá nosotros todavía no.
El paseo es una sucesión continua de pequeños ajustes entre dos cuerpos que se desplazan juntos por el mismo espacio.
Cuando esa coordinación funciona, apenas nos damos cuenta.
Cuando desaparece, la correa suele ser el lugar donde finalmente se hace visible.
Por eso aprender a manejar una correa no consiste únicamente en saber qué hacer cuando se tensa.
También implica aprender a observar qué estaba ocurriendo unos segundos antes.
¿Significa esto que debemos movernos siempre despacio?
No.
Y tampoco significa que un tutor calmado vaya a conseguir automáticamente un perro calmado.
Sería una conclusión demasiado sencilla.
El comportamiento canino depende de muchísimas variables: genética, aprendizaje, estado emocional, experiencias anteriores, salud, nivel de activación y características del entorno.
Un perro preocupado por otro perro a pocos metros puede prestar mucha menos atención a nuestros movimientos.
Uno extremadamente excitado puede disponer temporalmente de menos capacidad para utilizarnos como referencia.
Pero el estudio recuerda algo que a veces olvidamos:
la conducta del tutor también forma parte de aquello que el perro percibe.
No somos observadores situados fuera de la escena.
Estamos dentro de ella.
Antes de tirar de la correa, quizá podamos mirar nuestros pies
Durante años hemos dedicado mucho esfuerzo a conseguir que los perros caminen pendientes de nosotros.
Quizá resulte interesante invertir por un momento la pregunta.
¿Estamos nosotros pendientes de cómo caminamos con ellos?
De cuándo aceleramos.
De cuándo nos detenemos.
De cuánto tiempo les ofrecemos para explorar.
De las veces que cambiamos de dirección sin avisar.
De la tensión que aparece antes incluso de que el perro llegue al final de la correa.
No necesitamos caminar de una manera artificial ni convertir cada paseo en un ejercicio.
Solo recordar que el perro no escucha únicamente nuestras palabras.
También observa nuestros pasos.
Y mientras nosotros intentamos comprender qué está haciendo él, posiblemente él lleve mucho tiempo intentando comprender qué vamos a hacer nosotros.
